¿Para qué te apuraste tanto, y llegaste tan temprano, si aquí no hay nadie?
Pensaste que tendrías que parquear lejísimos de la entrada… cuando estabas en la escuela, ir de paseo al Zoológico era meterse en una maraña de gente… Recordás cientos de vendedores en la entrada, sobre todo te acordás de los que hacía miles y miles de pompas de jabón, que parecían no estallarse nunca…
Se te estalla este recuerdo, y volvés a ver el parqueo vacío. Estás a la entrada del Simón Bolívar y el tuyo es apenas como el quinto carro que parquea. Señor, le preguntás al que cuida los carros, ¿siempre está así de vacío? Es un viejito, bien arrugadito, seguro que trabaja ahí desde que abrieron el zoológico en 1921. Usa una gorra roja, desteñida por el sol, y un chaleco reflector.
De pronto te ves rodeada de niños que corren, papás y mamás que gritan: Juan, María, Marco, Graciela. Vos querías que te compraran de esos frasquitos de vidrio llenos de líquido de colores, de donde soplaban las pompas de jabón, pero tu papá siempre decía que él las sabía hacer de jabón azul, y tu mamá decía que salían mejor las de jabón Fab, pero nunca salían mejor. Otros niños salían con molinetes de papel metalizado, con juguetes inflables y con todo tipo de animales africanos. A vos te traían a ver el caimán, la boa, los monos, y si topabas con suerte, el león rugía.
Pero ya no está la gente, eso fue hace más de 20 años… No, señora, te dice el cuidacarros, los sábados casi no viene gente… Los domingos hay un poco más de movimiento. Entre semana no viene nadie. Un enorme mural, que nunca habías visto, muestra infinidad de animales, y vos te preguntás si todos esos estarán ahí en el zoológico.
También están los vendedores, pero ahora son solo cuatro puestos: uno con comida, uno con inflables, otro con molinetes y el de chucherías tejidas y collares de conchas. No estás segura si cuando eras pequeña eran solo cuatro y era que vos no sabías contar, o es que tu imaginación te juega una broma y recordás una larga fila de chinamos a ambos lados de la entrada y las monedas que pasaban de mano en mano.
Apurás el paso porque adentro ya te espera la bióloga que embarcaste en tu misión: tenés que hacer una crónica y se te ocurrió la idea de ver el Bolívar desde los ojos de una especialista en vida silvestre. Pero apenas atravesás la entrada, lo que ves es un carrusel mecánico de guacamayas rojas y verdes. Y seguro que no funciona, porque no lo mece ni el viento. Aquí no se ve vida alguna, ni animal ni humana.
A la entrada del parque zoológico Simón Bolívar, un rótulo recibe a los visitantes anunciado que “los animales que vivimos en este zoológico nos sentimos muy felices y te damos la bienvenida.” Te preguntás como saben ellos si los animales se sienten felices o no.
La bióloga te espera frente a la jaula del tolomuco, uno de los primeros mamíferos que se encuentran en el recorrido. Le preguntás qué le parece y la pregunta le ha caído bastante mal. Sacude su largo cabello, castaño oscuro y lacio, recogido en una trenza desgarbada.
Si lo que quiere es que le diga es que soy infeliz porque veo a los animales en estas condiciones, te contesta, señalando al tolomuco, que caminaba de un lado a otro, una, dos, tres, cuatro, cinco y hacia el otro lado, una, dos, tres, cuatro, cinco.
De los animales salvajes, este es uno de los pequeños. Sin embargo, te asombra siempre ver la gracilidad de sus movimientos, aunque sean compulsivos. Esa fue la palabra que usó el ecologista Luis Diego Marín cuando interpuso un recurso de amparo en contra del Ministerio de Ambiente y Energía, que delega en Fundazoo la administración de los zoológicos.
Marín se basó en un dictamen de una comisión del MINAE que indicó, en el 2004, que los animales viven estresados por las condiciones de sus encierros. Esto genera conductas estereotipadas, las cuales se caracterizan porque los animales se desplazan de forma constante y frecuente de un lado para otro de forma compulsiva.
El tolomuco, pariente de la comadreja y de la nutria, una, dos, tres, cuatro, cinco, a un lado y al otro, ocasionalmente se subía a un tronco que le tenían en su jaula.
Una niña pequeña le dice a su mamá, abriendo los brazos: ¡yo les abro las jaulas y los dejo libres!
Cuando vos tenías la edad de ella, no pensabas en dejarlos libres. Querías que estuvieran ahí, para poder verlos. De hecho, te costaba mucho verlos, había tanta gente, se empujaban y agolpaban todos ante las jaulas, y a vos te metían codazos en la cabeza. Tu papá, alto, te alzaba, y vos siempre fuiste flaquilla, insignificante, y te encantaba ver a los animales, caminando para acá, una, dos tres, cuatro, cinco, y para allá, tan ágiles, con músculos fuertes. Llevan 20 años de caminar compulsivamente por la jaula. ¡Yo les abro las jaulas y los dejo libres!La bióloga mira a la niña pequeña, es ella la que habla, no vos, Graciela. Tiene razón, esto no es natural, te dice ella. Ese animal la pone ansiosa. Pero por otro lado, ¿se les puede soltar? Ya no están en condiciones de vivir en libertad.
Según la Real Academia Española, un parque zoológico es un lugar en que se conservan, cuidan y a veces se crían diversas especies animales con fines didácticos o de entretenimiento. Pero a vos te parece imposiblemente cruel que sea un entretenimiento ver animales con actitudes compulsivas.
La bióloga te señala al mapache, que lentamente escala la malla. Parece un peluche grande y gordo. Le falta una falange. La ley dice que cuando encuentran animales heridos o los decomisan a cazadores, vienen al Simón Bolívar. Vos te preguntás si este mapache, sin esa falange, podría sobrevivir en libertad.
El mapache se asoma insistentemente entre la vegetación, para tratar de ver por el sendero. La bióloga te cuenta que hace unas semanas vino con su sobrinito y el león empezó a llamar: oh oh oh. Al rato, vieron que venía el cuidador con el alimento. Ya están domesticados, te dice, y saben por dónde viene el que les trae la comida.
Recordás el rugido del león, el de hace 20 años. Cuando rugía, los visitantes corrían hacia el fondo del parque, donde estaba el rey de la selva. No siempre tenías esa suerte, un amigo tuyo recuerda que su mayor decepción de niño fue encontrarse con un león dormido que no se parecía en nada a los que él veía actuando en la tele, los que luchaban con Tarzán.
El que rugía está ahora en un macabro cementerio que tienen en la entrada del parque. En realidad es como un pequeño museo donde hay juegos educativos de los ecosistemas, pero al fondo están disecados los que han pasado a mejor vida: un caimán y una muestra variopinta de felinos de todo el planeta: el león africano que recordás, un puma de Norteamérica, un mexicano jaguar y un tigre de la India. Te parece una exhibición realmente macabra de los animales que pueden llegar a morir ahí.
Huele a animal. Los cuidadores están lavando la jaula de Kariva y Kivo, los leones de ahora. Es una mañana fresca, con nubes pasajeras y una brisa que hace a los árboles interpretar los sonidos del bosque. Los pájaros silvestres son la segunda voz de los pájaros cautivos.
Hace casi cuarenta años, los niños de la escuela Buenaventura Corrales se escapaban de clases para ir a ver al león, a las serpientes y a los monos. Quien cuidaba la puerta era un ancianito y cuando los veía con uniforme de escolares, los dejaba entrar sin pagar. Eran como una bandada que recorría ávida el parque. Se devoraban las serpientes con los ojos, tratando de descifrar dónde estaba cada una. Se asomaban con miedo, en sus tamaños infantiles la fosa parecía infinitamente profunda y si caían dentro, vendrían las serpientes a comérselos. Como la boa que traga el elefante del Principito, los niños se imaginaban dentro del vientre de uno de esos reptiles.
Luego de pasar lista a las serpientes, corrían donde los monos. Se quedaban sin palabras ante la gracilidad con que se columpiaban, una mona se ponía al monito en la espalda, y no respiraban de la expectativa de que el monito se iba a caer… Pero no se caía, y otro mono se venía a la orilla a esperar que vos, Graciela, le echaras uno de los meneitos que estás comiendo, tu mamá tiene a tu hermanito alzado, mami, agarralo fuerte que se te puede caer, y mirabas al monito en la espalda de la madre… Sos la misma niña de hace 40 años, sos la misma niña de hace 20, sos la que hace una hora quería liberarlos a todos…
Pero hoy no hay serpientes. Ya no está la imponente boa que se enroscaba alrededor del tronco, una y otra vez, como tus recuerdos se confunden con lo que ves hoy…
En esa fosa hay pizotes, uno de los de abajo daba vueltas a un huevo duro entero, buscando la manera de abrirlo. Y te preguntás si la boa estará en la siguiente, pero lo que hay es una iguana y una guatusa y te preguntás si está en la siguiente, pero lo que hay son cariblancos y unas ratas grises y gordas que se comen lo que los monos dejan caer.
Tus dudas son una bandada que recorre el cielo y gira sobre sí misma: Si es el animal es carnívoro, ¿cuántos animales come y cada cuánto tiempo? ¿A cuántos se les ha caído el pelo? ¿Cómo lo cuidan? ¿Qué tal si una de las ranas era diurna y nunca la pusieron al sol? ¿Cómo le calculan el tamaño de la jaula? ¿Qué tal si un animal es más pequeño pero es más móvil? ¿Cuántos hay aquí?
Un muchacho moreno, de pelo muy lacio, le habla a uno de los pericos. Vamos, vamos, jale, le dice, y lo sube en un plato metálico con semilla de girasol y maní sin pelar. Pensás que si lo encontraras en medio bosque, te parecería que es uno de nuestros ancestros… Resulta no ser el cacique Acserrí, sino Sergio, estudiante de Biología de la UNA.
-Cuánto tenés de trabajar acá? – le preguntás.
-Trabajar, trabajar, solo semana y media- dijo quitándose los guantes de las manos. Pensás que te equivocaste de persona para entrevistar. Para tu crónica, querés alguien que conozca el entorno.
-De voluntario estuve tres años- te explica Sergio. El ave de la duda se espanta de tu cabeza.
Te cuenta que los voluntarios son principalmente estudiantes europeos. No quisiste parecer asombrada, pero te dejó sin palabras pensar que los muchachos del viejo continente cruzan el océano para venir a trabajar con estos animales. Sergio es cuidador, y muy brevemente te cuenta que algunos animales tienen nombre: el grisón se llama Cuco, el tolomuco se llama Morgan y hay unos cinco monos que tienen nombre porque algún día hicieron algo y se ganaron algún apodo.Cinco minutos de conversación con una persona parecieron demasiados para Sergio. Le urgía volver con sus animalitos, que no le preguntaban nada. Pensás que este era uno que sí podías dejar en libertad, ya no lo atraso con su trabajo, gracias.
Al llegar a la fosa de los monos, que ahora sabés que se llaman monos araña, el sol se oculta y una telaraña de cinco pisos que está al borde de la fosa pierde su brillo. La bióloga y vos comparten el espectáculo y el silencio.
Te das cuenta que aparte del sonido ensordecedor de un bosque ubicado en plena ciudad, susurra a tus espaldas el río Torres.
Un rótulo dice que el río Torres, que nace en Montes de Oca y desemboca en el Virilla, fue aprovechado en el pasado para generación hidroeléctrica y actualmente Acueductos y Alcantarillados los usa como colector a cielo abierto de aguas residuales, pluviales y aguas negras. Te preguntás quién habrá tenido un humor tan negro como para anunciar semejante cosa como si fuera un logro.
Otra telaraña guinda del rótulo y brilla, dorada, bajo el sol decembrino que volvió a asomar. Tu esquema mental de ama de casa te vence y pensás que acá nunca limpian. Entonces recordás las ratas gordas, que el cantar no era de río sino de cloaca y te sacudís la tentación de destruir la telaraña: este era el hábitat de ese insecto de largas patas que reposaba en el centro. Este no necesitaba jaula, para eso tenía su telaraña.
La bióloga rompe tu silencio. Estos monos están obesos, parecen una cuerda con un nudo. Te confiesa que son sus animales favoritos, y te cuenta que los ha visto muchas veces en la Península de Osa, pero que allá son de otro color.
-Si estos bichos provienen de capturas que se han hecho a los cazadores, negociadores y de recuperaciones a la hora de exportarlos, son un grupo totalmente desmembrado. Tienen diferentes costumbres y ¿qué tal si alguno está loco y le hace daño a los demás? Al menos el jaguar y el tolomuco son animales solitarios, pero para estos bichos sociales, creo yo que es más complejo porque se crean los grupos a la fuerza- te dice ella.
Ya estás deseando irte. Hace 20 años, las jaulas te parecían enormes, las fosas imposiblemente profundas, y el aviario alto hasta el cielo. Hoy no has visto las aves, aquí viste por primera ves un quetzal. La segunda vez, y única que has tenido la suerte de verlo en libertad, fue en el lago del Arenal. La tercera, en el Zooave.
Las aves que tienen acá son una lechuza y un águila desplumada, no se te parece para nada el rey del cielo. Una pareja de negros se acerca y empieza a hacer ruidos a las aves… Desconocés el idioma que hablan pero las aves los miran muy atentos. Ellos, al igual que las lechuzas y las águilas, son de otra latitud.
Un busto de Simón Bolívar es como un niño perdido en medio de una construcción sin terminar. Hace años, el Gobierno de Venezuela ofreció administrar el parque por cinco años e invertir en él, pero una persona en Fundazoo dijo que no debía haber ningún gobierno extranjero involucrado en esto. Pensás la ironía que es que este lugar esté bautizado en honor al Libertador.
El parque es también como un niño perdido en medio de la ciudad. Es un bosque, en el cual animales que no pertenecen a él han quedado cautivos. Pensás que es un encanto del cual se conserva lo que crece por su propia cuenta: la vegetación.
Un rótulo señalaba el lugar donde estaba la danta. La buscás, pero ahora lo que está es el carrusel de guacamayas rojas y verdes, vueltas y vueltas de animales de plástico.
Estás en medio de la vegetación, hay muchos árboles, estás rodeada de jaulas y un olor penetrante. Gracielita, no te vayás sola, aquí estamos, te dice tu mamá. Una familia se sienta en un mantel y saca comida de una canasta de mimbre. Vos pensás que no podrías comer con este olor.
Pero sí te has quedado sola, Graciela. Hoy, la bióloga ni se ha despedido y se ha marchado. Le urgía salir de este parque perdido. Es casi medio día y aún así no ves a los niños que hace 20 años entraban saltando, haciendo caballito, de la mano de sus papás.
Aquí no hay nadie.







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