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viernes 17 de junio de 2011

Un problema de la sociedad

Posted by Zona Crónica on 14:05

Ver los problemas sociales con otros ojos siempre nos ayuda a comprender mejor las cosas que pasan. Si logramos interiorizar las situaciones y ponernos en los pies de los otros entenderemos que también podríamos ser nosotros a quienes les pasan las cosas y quitarnos la idea de que todo siempre le pasa a “los otros”. El caso del abuso sexual infantil puede ser un gran ejemplo, y por medio de ciertas estadísticas que nos ofrece la autora notamos que el panorama es diferente al que pensábamos antes ¿o no? ZC.


Por: Silvia Mora Mayorga

Como estrellas de rock, o como los actores más famosos de Hollywood aparecen Benedicto XVI y sus secuaces muy constantemente en los medios de comunicación, el primero, pidiendo disculpas por los segundos, y la iglesia católica, cual Steven Spielberg, dirigiendo una popular película llamada: abuso sexual infantil. 

Escándalo tras escándalo pone en evidencia cada día más a los muchos sacerdotes, que no tan fieles, tratan de sobrevivir en contra de su propia naturaleza carnal, luchando inútilmente con la tortura de mantener la promesa del celibato.

Este tema, que claramente esta en boga, ha sido una de las llaves que ha abierto la grande y misteriosa puerta de la pederastia, que se mantuvo cerrada por largo tiempo como un secreto a voces.

Sin embargo el abuso sexual infantil, es importante aclarar, no es un problema propio de la iglesia o un asunto clerical, sino más bien es  (y siempre lo ha sido) un problema de la sociedad, aunque lamentablemente el tratamiento que se le haya dado lo categorice como un fenómeno ajeno y distante a nosotros.

Somos una sociedad inconsciente de los problemas directos que nos afectan. Madres ignorantes de lo que les sucede a sus hijos en su ausencia, maestras y profesores que no perciben cambios en sus pequeños alumnos, padrastros maniobrando sin que se perciba nada y la mirada de la sociedad: plasmada en lo que dicen las portadas de los periódicos o en lo que presenta el noticiero.

¡Atención! La víctima no es al monaguillo que sirve en el vaticano, tampoco el último caso de abuso infantil  que se dio en Colombia por parte de un cura. Puede ser nuestro hijo o el niño de al lado el que esté sufriendo en silencio, no creamos que solo los sacerdotes cometen  ese delito.

Al contrario, el 62% de los casos de abuso infantil (más de la mitad) se da  por parte de un familiar, que utiliza la confianza y la autoridad como herramientas para crear un vínculo fuerte, que lleve al niño a ser víctima de este problema tan peligroso para su salud mental e integridad como ser humano.
Por lo tanto no hay que dormirse en los laureles y antes de ver la taquillera cinta que cuenta el acontecer del mundo, deberíamos de revisar el filme casero que se graba diariamente en nuestro hogar o en el vecindario.

Muchos niños en nuestro perímetro cuadrado son abusados diariamente y se estima que de esos casos apenas el 51% son denunciados y tratados psicológicamente como se debe.

 La ignorancia y el desconocimiento por parte de la población siempre toman un papel importante en los problemas más difíciles de erradicar. El no conocer el debido proceso o las instituciones respectivas para denunciar, hace que las cifras reales de niños abusados no se puedan conocer,  y esto  aunado al miedo y las amenazas, da pie a que los pedófilos y enfermos sexuales sigan haciendo de las suyas.

En Costa Rica existen instituciones como el Patronato Nacional de la Infancia (PANI), la Defensoría de Niños Internacional (DNI) y el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) que brindan ayuda y permiten a las víctimas o a quién tenga conocimiento de un caso, denunciarlo y erradicar poco a poco este gran problema.

 En México, el año pasado la procuraduría Capitalina reportó 243 denuncias de abuso sexual de niños con edades entre uno y seis años y 344 casos de abuso en niños de 11 años de edad, sin embargo se asegura que son muchos los casos que se mantienen en silencio.
Esos rostros colmados de una inocencia casi angelical, guardan en sus ojos miradas tristes, vacías y desesperadas que  reflejan un miedo incontrolable a ser abusados de nuevo.
Es tiempo de quitarnos la venda que tapa nuestros ojos o la mordaza que sujeta nuestra boca y nos impide hablar, es momento de ayudar a que los futuros ciudadanos tengan una calidad de vida amplia sin traumas sexuales o psicológicos. 





sábado 11 de junio de 2011

El viernes de la humillación

Posted by Zona Crónica on 00:39

Cuando nos cuentan una historia nos la entregan, le quitamos el tinte que le dan los medios, el maquillaje, la parcialidad, el juicio que nos imponen. Cuando nos cuentan una historia, la abrazamos a nosotros, evitamos los lugares comunes, le quitamos lo que sobra, nos quedamos con lo humano. Una gran crónica que nos da un punto de vista alterno a una realidad que, hasta hoy, todos creíamos conocer.ZC.


Por: Víctor Láscarez Láscarez

 -¡Don Miguel Ángel, usted está detenido!

Las palabras suenan como una bofetada en su rostro. A usted, Miguel Ángel Rodríguez Echeverría: Ex presidente de la República de Costa Rica, lo han detenido al poner el pie en la escalerilla del avión en el aeropuerto. La sorpresa no te deja pensar. No entiendes. No crees que esto pueda estar ocurriéndote a ti. Sacudes la cabeza y miras a los dos hombres de la policía judicial y a los dos fiscales que te cierran el paso.

-¡Señores, soy el Secretario General de la OEA! Ustedes no pueden detenerme. Esto no puede ser.

Pero uno de los civiles, que se identifica como fiscal, le dice en un tono que no admite réplica:

- ¡Son órdenes y vamos a proceder!

-¿Dónde está mi abogado?, preguntas todavía, titubeando. ¡Tengo derecho a que me asista mi abogado!

-¡Llámelo, si quiere!, responde uno de los fiscales con firmeza.

No puedes creerlo. Estás visiblemente alterado. Buscas en tu bolsillo tu teléfono celular. Marcas, con apremio, un número. Es el de Rafael Gairaud, tu abogado en San José. Da ocupado. Esperas un momento, insistes, pero no contesta. Tus manos tiemblan. Vuelves a marcar. Nada. Ocupado. ¿Dónde se habrá metido este hombre?, dices ya fuera de ti. Tu corazón se acelera con el pip, pip, pip del teléfono. Te quedas que no sabes. Que no atinas. La presión te comprime. Pero, todavía con firmeza, alcanzas a decir:

-No me pueden detener. Soy el Secretario General de la OEA.

Uno de los fiscales, no sabes si el de la camisa roja o el de la camisa clara, se adelanta y te dice entre dientes, con sonrisa burlona:

-Sí, ¿y qué? Y, acto seguido, sin miramientos, imperturbable, se dirige a los dos policías: Procedamos, dice. Y ahí, entonces, se vuelve hacia usted, lo mira a los ojos y, como quien pronuncia una sentencia, ordena:

-Espósenlo.

-¿Esposar? ¿Por qué? Esto no tiene sentido. Están cometiendo un error. Yo he venido aquí voluntariamente. Y todavía con fuerza, repites una vez más: Soy el Secretario General de la OEA. Tengo una cita con el Fiscal General. No pueden esposarme. No pueden... Su infaltable corbata negra, que trae puesta, se la atropella el viento.

El 7 de junio del 2004, Centroamérica se viste de fiesta: uno de sus hijos es elegido, por unanimidad, Secretario General de la Organización de Estados Americanos. Treinta y cuatro países, reunidos en el salón San Moris del Hotel Swissotel, en Quito, Ecuador, escogen al Doctor Miguel Ángel Rodríguez, Ex Presidente de la República de Costa Rica, como el primer centroamericano en 56 años de existencia de esa organización internacional, en llegar a ocupar esa posición. El pueblo costarricense celebra, con vítores en las calles, tal reconocimiento.

Ya en el cargo, realizas dos viajes por Europa, y luego viajas a Haití. Todo camina bien, pero el 30 de setiembre recibes una llamada de Ignacio Santos de canal 7. Te pide que respondas a la declaración de José Antonio Lobo quien, el día anterior, para quitarse de encima la responsabilidad del delito de recibir dádivas de empresas extranjeras, declara que él fue un simple intermediario de Miguel Ángel, quien le pidió a él, el 60% de la comisión de ALCATEL. Desconozco esa declaración, Ignacio, dijiste entonces. Pero la acusación de José Antonio Lobo, sacudió al país y, desde ese momento, comenzó la campaña contra usted por parte de canal 7 y los periódicos del Grupo La Nación. No habías dudas: te estaban condenando por anticipado.

-Le vamos a poner un chaleco antibalas antes que las esposas…

Eso lo desconcierta a usted. ¿Un chaleco antibalas a mí?, ¿para qué?, piensas. Y, acto seguido, como movido por un impulso impostergable, declaras:

-¡Ni cuando fui presidente use uno, mucho menos ahora!

-Es por su seguridad, insiste el policía. Queremos evitar un atentado.

-¿Un atentado? ¿A mí? ¿No entiendo?... Si he venido a dar la cara.

No insisten más. El asunto de ponerle el chaleco, queda en el silencio. No obstante, en ese momento piensas que solo están preparándose para ponértelo a la fuerza.

-Sus manos atrás, ordenó el oficial.

-¿Por qué me esposan con las manos hacia atrás? ¿Piensan que yo quiero ocultar mi cara? Yo no tengo ningún interés en ocultar mi cara. No tengo que ninguna vergüenza de nada. No voy a ocultar la cara.

-Sus manos atrás, ordenó nuevamente el oficial.

No te queda otra. Llevas las manos atrás y te colocan las esposas. Escuchas el sonido metálico, sientes que ala la carne de tus muñecas, al comprimirse cuando se cierran. Ya todo está claro para usted: desean humillarlo. Quieren doblegarlo, que baje su cabeza. Sí: que baje la cabeza. Eso es. No cabe duda. Y lo hacen como cuando un mal amansador, para dominar el caballo, le mete el freno y lo jala fuerte hacia abajo, para que baje la jupa, porque cree que, actuando así, lo domina.

Y a partir de entonces ya no hay más miramientos. Prácticamente, los dos fiscales del Ministerio Público lo bajan a empellones por la escalerilla, rodeado de los dos agentes del OIJ. Bajas, grada a grada, esposado, con los brazos hacia atrás. Todos lo vimos por televisión. Fue un momento duro.

Pero no tan duro para usted como la muerte de su hijo Miguel Alberto. Fue para Semana Santa, Viernes Santo de 1979. Él se fue con unos amigos a la hacienda de la familia Ruanesi, en Cañas, a cabalgar por el cerro Pelado, cayó del caballo, se precipitó sobre un montículo rocoso. Hasta el día siguiente lo encontraron. Ese Viernes Santo de 1979, perdías a tu joven retoño 15 años. El mismo que, tan solo una semana antes, había participado en el campeonato centroamericano de salto ecuestre. Ese viernes, Lorena, tu esposa, te dijo: Miguel Ángel tengo un mal presentimiento y, efectivamente, el sábado temprano partieron hacia Cañas en busca de Miguel Alberto. La noticia fue desgarradora. Era la primera Semana Santa que se despegaban de él.

Y también un viernes, a las 2:15 de la tarde, vienes a Costa Rica en el vuelo 681 de TACA. Sale desde Washington al Salvador y de ahí a nuestro país, donde lo están esperando para esposarlo. Tenía que ser un viernes, piensa. Bajas, una, dos, tres, cuatro, cinco… las veintitrés gradas de la escalerilla del avión...

Bajas las escalerillas pensando en tu hijo. Es como el escudo con que intentas salvarte de la humillación. Tu mente, en ese momento es un torrente de recuerdos. Precisas lo que te dijo tu hermano Manuel Emilio, que en paz descanse, cuando ibas bajando unas gradas, muchos años antes, con las manos entre las bolsas, y él te dijo: Miguel Ángel, nunca bajes gradas sin tener las manos libres, porque si uno se cae, no puede evitar golpearse la cara.
Ya has llegado abajo. Ves las cámaras. Son decenas de periodistas en una tarima improvisada, con más de diez cámaras de televisión enfrente... Piensas, tengo que aguantar esto. Trataré de mantener mi dignidad. Ellos pueden intentarlo, pero ni con todas las cámaras del mundo lograrán humillarme.

Yo lo estoy viendo el la pantalla del televisor y me digo: Increíble, lo traen esposado a la espalda y este hombre, en lugar de bajar la cabeza, la levanta. Eso me sorprende. Lo exhiben así con la intención de humillarlo. Los directores de Canal 7 parecen utilizarte en una clase de moralidad pública. Lo condenan sin juicio previo. Pero usted continúa bajando la escalerilla, peldaño tras peldaño, con las manos hacia atrás y la cabeza en alto. Solo falta que le griten: Crucifíquenlo, crucifíquenlo. Pero lo peor no llegado aún. Cuando desciendes el último peldaño, allí están esperándolo otros policías y un carro inconfundible. ¡No, no puede ser! ¿Lo van a meter en una perrera? ¡Increíble! Es el colmo de la humillación: al ex Presidente, al Secretario General de la OEA, lo van a meter en una “perrera”. No es posible. Corro a buscar el texto de la Convención contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes. En su artículo 1 dice así: "Cualquier acto por el cual se inflinge intencionadamente un daño severo, tanto físico como mental sobre una persona, con el propósito de obtener de él/ella o de una tercera persona información o una confesión, castigarlo por un acto que él/ella o una tercera persona ha cometido o es sospechoso de haber cometido, o intimidar o coaccionar a esa persona o a una tercera persona, o por cualquier razón basado en discriminación de cualquier tipo, cuando dicho dolor o sufrimiento sea inflingido por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya o con su consentimiento o aquiescencia".

Te quitan las esposas y dices:

-¿Por qué me esposan para bajar?, y ahora me quitan las esposas. Si me las ponen es porque represento un peligro, les puedo hacer daño, traigo un ejército, los voy a tomar, vengo a tomar a Costa Rica, vengo a invadir militarmente. ¿No es que por eso me esposaron? ¿Por qué me las quitan ahora?

Después te darás cuenta, por qué te quitaron las esposas.

Cuando bajaste en el Salvador como primera escala de vuelo 681 de TACA, te sorprendiste: ya había gente de televisión allí, buscándote. Te informaron que eran gente relacionada con canal 7 de Costa Rica, no del Salvador. Los funcionarios de TACA, como cortesía, te llevaron gentilmente a la sala de espera privada. Ahí viste un poco de prensa y noticias, te metiste en tú computadora para ver los periódicos digitales de aquí, en lo que se especulaba que si llegabas o no llegabas, qué que iba a pasar a tu llegada. Todos eran ataques contra ti.

En La Nación digital, leíste una nota. Tres puntos te llamaron la atención: el primero, literal: “Rodríguez, pone un pie en Costa Rica y se cumple de inmediato la orden de detención en su contra", decía Dallanese. Los otros, que tu orden internacional de captura entraba en vigencia al momento de perder la inmunidad de Secretario General de la OEA…Y, por último, que tu colaborador José Antonio Lobo, afirmaba, que le pediste el 60 por ciento de una comisión de 2,4 millones de dólares dada por Alcatel.

Recordé el domingo 1 de febrero de 1998, cuando concurrí a las urnas electorales vestido de verde y blanco y gritando: Corrales, se oye, siente, Corrales Presidente, como buen Liberacionista. Los primeros cortes mostraban una tendencia: Miguel Ángel Rodríguez obtenía la confianza del el 46.88 %. El pueblo te entregaba los destinos de la patria. Fue toda una fiesta: decenas de miles, centenas de miles de personas, vitorearon tu nombre.
Te sacan del Aeropuerto en una perrera. Pero de pronto se detienen: abren la puerta y te ordenan:

- Quítese la faja y la corbata…

Todos hemos visto, incluso con extrañeza, como durante muchos años has usado esa corbata negra, símbolo de un duelo permanente. Claro, uno espera enterrar a los padres, pero enterrar a un muchacho en su plena juventud, es desgarrador.

Cierran la puerta con fuerza... Un largo viaje te espera, a mucha velocidad. Dentro te mueves de un lado para otro, te agarras como puedes, los pies adelante y las manos atrás, los pies contra la pared, doblado, el espacio muy corto. Oyes gente a lo largo del camino. Te gritan insultos, te tiran piedras. Un helicóptero sobrevuela cerca de la perrera, y las motos de los tráficos, con las sirenas prendidas, recorren una larga ruta hasta el OIJ.

Te traen al González Lahman, a los sótanos de los tribunales, donde están los calabozos y ahí tienes las primeras muestras de trato humano. La gente de prisiones se portan muy decentes contigo. A manera de disculpas, te van a buscar el libro Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, que leías en el avión. Eso te permite entretenerte por un rato.

Los medios de comunicación estaban de fiesta, exacerbaban los ánimos: eras la noticia del siglo: Ex Presidente humillado, Ex presidente esposado, Ex Presidente en una perrera, Ex Presidente en el tabo, Ex Presidente fichado. Solo les falto decir: Ex Presidente a la hoguera. Prepararon al pueblo para que se apostara a la vera del camino, para gritarte, para humillarte. Fue el espectáculo más bochornoso que he visto.

Estás como tres o cuatro horas en un calabozo. Te interrumpen dos veces: huellas, fotos, póngase así, póngase asá. Un oficial te ordena: coloque primero el dedo índice aquí, sobre esta tinta. Te toma la mano y te la mueve sobre la pieza, luego la pasa a una hoja con unos cuadros, después el dedo medio, le sigue el anular y, por último, el meñique. Y de nuevo la orden: ahora la mano izquierda. Huellas de todo, de todo el show, para hacerte parecer un delincuente recién fichado. Por segunda vez te sacan del calabozo, te llevan a un lugar hacer de nuevo todo el procedimiento. Piensas con humor: De seguro no salí bien la primera vez.

Todo eso ocurre en el González Lahman, en la Fiscalía. Te pasan del OIJ a la Fiscalía. Ahí está Gairaud, tu abogado. Conversan. Luego, te muestra el expediente: Esto no es un caso, esto no es nada, te dice. Esto no tiene nada que ver, señala las contradicciones… Lobo dice que te dio esa plata, pero para esa fecha él no la ha recibido. Sigues en el intercambio con Gairaud, quien asegura que estudiará bien el caso y que darás una declaración corta en la Fiscalía.

Te sacan en caravana de nuevo, ahora a los Tribunales de Guadalupe, otra vez fotos y otra vez calabozo, pero éste como ninguno.

Gairaud te explica que tu caso corresponde a los tribunales de Goicoechea y que ahí espera, que al llegar a un Juez, te reciban, te fijen las medidas cautelares y que él considera que puedes salir rápido… Gairaud te pregunta que si tienes un lugar donde quedarte. Le dices, que sí… la casa de tú cuñada Nidia Echandi, la viuda de Manuel Emilio. Le das la dirección y el número de teléfono.

Otra vez te sacan en la perrera y otra vez con motos, desfile y toda la cosa a Guadalupe, donde te meten a la celdas, que por cierto, tienen un escusado de hueco en el piso, para hacer la necesidades a vista de todo el mundo. Solo tienes tres visitas esa noche: la mía, la de Johnny Echeverría que había sufrido con sus hijos una situación similar, y la de Carlos Antillón, un muchacho que había sido tu presentador en las campañas. Los tres somos abogados. Por eso podíamos entrar. Cada uno te llevó un rato de relación humana.

En Guadalupe te entregan algunas cosas de tu valija. Te dicen que las había mandado o las había recogido Nidia, después de que el OIJ te la quitó en el aeropuerto. Te mandan unas colchas, algunas cobijas, una almohada y algo de comer…

Seis años después, vienes de los tribunales de Goicoechea. Me habías dado cita a las 6 de la tarde, en Escazú. Llegas tarde, por cierto. Vienes del juicio pronto y cumplido al que el Estado costarricense te da derecho. Se te nota cansado. Debe ser, me digo, porque estuvo todo ese día, martes 23 de noviembre, en sala de juicios. Sólo La Nación y Canal 7 lo cubrieron. Vienes con tu traje entero, crema, camisa blanca y la infaltable corbata negra. Suena un timbre. Tienes una conferencia telefónica hoy a las siete de la noche. Te disculpas... Hablas en inglés. Terminas y te dispones hablarme de tu hijo Miguel Alberto, por quién llevas esa corbata negra.








viernes 10 de junio de 2011

Crónica

Posted by Zona Crónica on 23:51

Una definición de ejército es también: “Grupo numeroso de personas organizadas o agrupadas para un fin”. Puede que este fin sea darle techo a los que no tienen, crear con nuestras manos felicidad, dar apoyo, y darnos un poco nosotros mismos. El o los medios, pueden ser agotadores y a veces desesperantes, pero el fin los justifica ¿no? .ZC.


Por: Rebeca Cartín

Por dos días Costa Rica tuvo ejército. Uniformados de rojo y armados con alcancías de madera en forma de casa, miles de jóvenes tomaron como campo de batalla las carreteras, semáforos y esquinas del país con un solo objetivo, luchar contra la pobreza extrema, un viejo pero fuerte enemigo.

 Hace tres años nuestro país es participe de una recolecta que se realiza a nivel latinoamericano y lleva el nombre de "1 rojo x 1 techo". A pesar de los resultados satisfactorios a la hora de la cuenta final, las vivencias del pelotón rojo son un ejemplo más que ilustra la desconfianza de los ticos hacia el gobierno, lo cual, perjudica la generosa acción de los "techeros".

 Con la intención de involucrar a la sociedad en la noble causa de colaborar con "cualquier monedita" en beneficio de los desamparados, los voluntarios de la organización, Un techo para mi país, asomaban las alcancías a las ventanas de los carros para pedir una contribución. Mas este acto dejó de ser tan frágil y de peticiones inocentes se tuvo que pasar a las suplicas.

 Una casita de madera aparece en la abertura de un vehículo seguida de una cara sonriente y sonrojada, no por vergüenza  sino por el quemante sol del medio día. Con la esperanza de recibir ayuda, el joven de rojo contempla como la ventana del carro sube lentamente y se va viendo reflejado en lo que se convertiría en su obstáculo más frecuente ¡Egoísta! Sí, eso abundaba en la mente de los voluntarios.

 "Buenos días, ¿desea colaborar con un techo para mi país?... ¡Hola! Buenos días... buenos días..." la más poderosa arma del oponente, ignorar ¿Por qué los trataban como ladrones? La respuesta llegaría disfrazada de un hombre mayor a quien le faltaban 1 o 2 dientes "¿Esta organización es del gobierno?" la contestación de un joven fue negativa, a lo que el sujeto concluyó "¡Ah bueno! Es que si no, de fijo, se roban la plata".

 Desde ese momento, antes de pedir una cooperación, lo primero que brotaba de los labios del ejército rojo fueron palabras que explicaban la procedencia del organismo y su misión. En un día se logró recaudar en lo que el anterior se gastó en sudor y ampollas en los pies.

 En medio del sol, recuerdo un momento en el que se consiguió "soltar el codo" de los conductores y el afán de los rojos se hizo notar en alcancías llenas. Pero no podía faltar una situación de pasmo, un carro negro con dos banderas de Costa Rica en sus extremos paró al frente de un grupo de asistentes de los pobres, era el presidente de entonces don Óscar Arias. ¿1 rojo? ¿¢10.000? ¿¢20.000? ¿Cuántos millones iría a donar la máxima autoridad del momento? La ventana del pomposo carro bajó, del interior del vehículo emergió un dedo pulgar hacia arriba haciendo señal de aprobación, los voluntarios estaban listos para reaccionar ante la ofrenda del mandatario. Sin embargo, la ventana volvió a subir y el carro siguió su camino ¿será que don Óscar creyó que era una campaña de una institución gubernamental y no arriesgo su dinero por miedo a un robo?

 Yo estuve ahí, frenada por vidrios y sorprendida por el generoso dedo del ex presidente. He sido parte del ejército rojo en dos ocasiones y puedo asegurar que el pueblo costarricense es solidario. No obstante, es desagradable concluir que para ganar la batalla contra la pobreza, Un techo para mi país tenga que adherir a sus camisas el logo "trabajamos para el país pero no para el gobierno". Es indispensable que la autoridad estatal se tire a la calle para contribuir con sus escondidas armas de sinceridad y transparencia a la colecta "1 rojo x 1 techo" y nos ayude a conseguir el triunfo del ejército rojo.  





viernes 3 de junio de 2011

Sola en el Zoológico

Posted by Zona Crónica on 16:03

Por:Graciela Mora

¿Para qué te apuraste tanto, y llegaste tan temprano, si aquí no hay nadie?

Pensaste que tendrías que parquear lejísimos de la entrada… cuando estabas en la escuela, ir de paseo al Zoológico era meterse en una maraña de gente… Recordás cientos de vendedores en la entrada, sobre todo te acordás de los que hacía miles y miles de pompas de jabón, que parecían no estallarse nunca…

Se te estalla este recuerdo, y volvés a ver el parqueo vacío. Estás a la  entrada del Simón Bolívar y el tuyo es apenas como el quinto carro que parquea. Señor, le preguntás al que cuida los carros, ¿siempre está así de vacío? Es un viejito, bien arrugadito, seguro que trabaja ahí desde que abrieron el zoológico en 1921. Usa una gorra roja, desteñida por el sol, y un chaleco reflector.

De pronto te ves rodeada de niños que corren, papás y mamás que gritan:  Juan, María, Marco, Graciela.  Vos querías que te compraran de esos frasquitos de vidrio llenos de líquido de colores, de donde soplaban las pompas de jabón, pero tu papá siempre decía que él las sabía hacer de jabón azul, y tu mamá decía que salían mejor las de jabón Fab, pero nunca salían mejor. Otros niños salían con molinetes de papel metalizado, con juguetes inflables y con todo tipo de animales africanos. A vos te traían a ver el caimán, la boa, los monos, y si topabas con suerte, el león rugía.

Pero ya no está la gente, eso fue hace más de 20 años… No, señora, te dice el cuidacarros, los sábados casi no viene gente… Los domingos hay un poco más de movimiento. Entre semana no viene nadie. Un enorme mural, que nunca habías visto, muestra infinidad de animales, y vos te preguntás si todos esos estarán ahí en el zoológico.

También están los vendedores, pero ahora son solo cuatro puestos: uno con comida, uno con inflables, otro con molinetes y el de chucherías tejidas y collares de conchas. No estás segura si cuando eras pequeña eran solo cuatro y era que vos no sabías contar, o es que tu imaginación te juega una broma y recordás una larga fila de chinamos a ambos lados de la entrada y las monedas que pasaban de mano en mano.

Apurás el paso porque adentro ya te espera la bióloga que embarcaste en tu misión: tenés que hacer una crónica y se te ocurrió la idea de ver el Bolívar desde los ojos de una especialista en vida silvestre. Pero apenas atravesás la entrada, lo que ves es un carrusel mecánico de guacamayas rojas y verdes. Y seguro que no funciona, porque no lo mece ni el viento. Aquí no se ve vida alguna, ni animal ni humana.

A la entrada del parque zoológico Simón Bolívar, un rótulo recibe a los visitantes anunciado que “los animales que vivimos en este zoológico nos sentimos muy felices y te damos la bienvenida.” Te preguntás como saben ellos si los animales se sienten felices o no.

La bióloga te espera frente a la jaula del tolomuco, uno de los primeros mamíferos que se encuentran en el recorrido. Le preguntás qué le parece y la pregunta le ha caído bastante mal. Sacude su largo cabello, castaño oscuro y lacio, recogido en una trenza desgarbada.

Si lo que quiere es que le diga es que soy infeliz porque veo a los animales en estas condiciones, te contesta, señalando al tolomuco, que caminaba de un lado a otro, una, dos, tres, cuatro, cinco y hacia el otro lado, una, dos, tres, cuatro, cinco.

De los animales salvajes, este es uno de los pequeños. Sin embargo, te asombra siempre ver la gracilidad de sus movimientos, aunque sean compulsivos. Esa fue la palabra que usó el ecologista Luis Diego Marín cuando interpuso un recurso de amparo en contra del Ministerio de Ambiente y Energía, que delega en Fundazoo la administración de los zoológicos.

Marín se basó en un dictamen de una comisión del MINAE que indicó, en el 2004, que los animales viven estresados por las condiciones de sus encierros. Esto genera conductas estereotipadas, las cuales se caracterizan porque los animales se desplazan de forma constante y frecuente de un lado para otro de forma compulsiva.

El tolomuco, pariente de la comadreja y de la nutria, una, dos, tres, cuatro, cinco, a un lado y al otro, ocasionalmente se subía a un tronco que le tenían en su jaula.

Una niña pequeña le dice a su mamá, abriendo los brazos: ¡yo les abro las jaulas y los dejo libres!


Cuando vos tenías la edad de ella, no pensabas en dejarlos libres. Querías que estuvieran ahí, para poder verlos. De hecho, te costaba mucho verlos, había tanta gente, se empujaban y agolpaban todos ante las jaulas, y a vos te metían codazos en la cabeza. Tu papá, alto, te alzaba, y vos siempre fuiste flaquilla, insignificante, y te encantaba ver a los animales, caminando para acá, una, dos tres, cuatro, cinco, y para allá, tan ágiles, con músculos fuertes. Llevan 20 años de caminar compulsivamente por la jaula. ¡Yo les abro las jaulas y los dejo libres!

La bióloga mira a la niña pequeña, es ella la que habla, no vos, Graciela. Tiene razón, esto no es natural, te dice ella. Ese animal la pone ansiosa. Pero por otro lado, ¿se les puede soltar? Ya no están en condiciones de vivir en libertad.

Según la Real Academia Española, un parque zoológico es un lugar en que se conservan, cuidan y a veces se crían diversas especies animales con fines didácticos o de entretenimiento. Pero a vos te parece imposiblemente cruel que sea un entretenimiento ver animales con actitudes compulsivas.

La bióloga te señala al mapache, que lentamente escala la malla. Parece un peluche grande y gordo. Le falta una falange. La ley dice que cuando encuentran animales heridos o los decomisan a cazadores, vienen al Simón Bolívar. Vos te preguntás si este mapache, sin esa falange, podría sobrevivir en libertad.

El mapache se asoma insistentemente entre la vegetación, para tratar de  ver por el sendero. La bióloga te cuenta que hace unas semanas vino con su sobrinito y el león empezó a llamar: oh oh oh. Al rato, vieron que venía el cuidador con el alimento. Ya están domesticados, te dice, y saben por dónde viene el que les trae la comida.

Recordás el rugido del león, el de hace 20 años. Cuando rugía,  los visitantes corrían hacia el fondo del parque, donde estaba el rey de la selva. No siempre tenías esa suerte, un amigo tuyo recuerda que su mayor decepción de niño fue encontrarse con un león dormido que no se parecía en nada a los que él veía actuando en la tele, los que luchaban con Tarzán.

El que rugía está ahora en un macabro cementerio que tienen en la entrada del parque. En realidad es como un pequeño museo donde hay juegos educativos de los ecosistemas, pero al fondo están disecados los que han pasado a mejor vida: un caimán y una muestra variopinta de felinos de todo el planeta: el león africano que recordás, un puma de Norteamérica, un mexicano jaguar y un tigre de la India. Te parece una exhibición realmente macabra de los animales que pueden llegar a morir ahí. 

Huele a animal. Los cuidadores están lavando la jaula de Kariva y Kivo, los leones de ahora. Es una mañana fresca, con nubes pasajeras y una brisa que hace a los árboles interpretar los sonidos del bosque. Los pájaros silvestres son la segunda voz de los pájaros cautivos.

Hace casi cuarenta años, los niños de la escuela Buenaventura Corrales se escapaban de clases para ir a ver al león, a las serpientes y a los monos. Quien cuidaba la puerta era un ancianito y cuando los veía con uniforme de escolares, los dejaba entrar sin pagar. Eran como una bandada que recorría ávida el parque. Se devoraban las serpientes con los ojos, tratando de descifrar dónde estaba cada una. Se asomaban con miedo, en sus tamaños infantiles la fosa parecía infinitamente profunda y si caían dentro, vendrían las serpientes a comérselos. Como la boa que traga el elefante del Principito, los niños se imaginaban dentro del vientre de uno de esos reptiles.

Luego de pasar lista a las serpientes, corrían donde los monos. Se quedaban sin palabras ante la gracilidad con que se columpiaban, una mona se ponía al monito en la espalda, y no respiraban de la expectativa de que el monito se iba a caer… Pero no se caía, y otro mono se venía a la orilla a esperar que vos, Graciela, le echaras uno de los meneitos que estás comiendo, tu mamá tiene a tu hermanito alzado, mami, agarralo fuerte que se te puede caer, y mirabas al monito en la espalda de la madre… Sos la misma niña de hace 40 años, sos la misma niña de hace 20, sos la que hace una hora quería liberarlos a todos…

Pero hoy no hay serpientes. Ya no está la imponente boa que se enroscaba alrededor del tronco, una y otra vez, como tus recuerdos se confunden con lo que ves hoy…

En esa fosa hay pizotes, uno de los de abajo daba vueltas a un huevo duro entero, buscando la manera de abrirlo. Y te preguntás si la boa estará en la siguiente, pero lo que hay es una iguana y una guatusa y te preguntás si está en la siguiente, pero lo que hay son cariblancos y unas ratas grises y gordas que se comen lo que los monos dejan caer.

Tus dudas son una bandada que recorre el cielo y gira sobre sí misma: Si es el animal es carnívoro, ¿cuántos animales come y cada cuánto tiempo? ¿A cuántos se les ha caído el pelo? ¿Cómo lo cuidan? ¿Qué tal si una de las ranas era diurna y nunca la pusieron al sol? ¿Cómo le calculan el tamaño de la jaula? ¿Qué tal si un animal es más pequeño pero es más móvil? ¿Cuántos hay aquí?

Un muchacho moreno, de pelo muy lacio, le habla a uno de los pericos. Vamos, vamos, jale, le dice, y lo sube en un plato metálico con semilla de girasol y maní sin pelar. Pensás que si lo encontraras en medio bosque, te parecería que es uno de nuestros ancestros… Resulta no ser el cacique Acserrí, sino Sergio, estudiante de Biología de la UNA.

-Cuánto tenés de trabajar acá? – le preguntás. 

-Trabajar, trabajar, solo semana y media- dijo quitándose los guantes de las manos. Pensás que te equivocaste de persona para entrevistar. Para tu crónica, querés alguien que conozca el entorno.

-De voluntario estuve tres años- te explica Sergio. El ave de la duda se espanta de tu cabeza.

Te cuenta que los voluntarios son principalmente estudiantes europeos. No quisiste parecer asombrada, pero te dejó sin palabras pensar que los muchachos del viejo continente cruzan el océano para venir a trabajar con estos  animales. Sergio es cuidador, y muy brevemente te cuenta que algunos animales tienen nombre: el grisón se llama Cuco, el tolomuco se llama Morgan y hay unos cinco monos que tienen nombre porque algún día hicieron algo y se ganaron algún apodo.

Cinco minutos de conversación con una persona parecieron demasiados para Sergio. Le urgía volver con sus animalitos, que no le preguntaban nada. Pensás que este era uno que sí podías dejar en libertad, ya no lo atraso con su trabajo, gracias.

Al llegar a la fosa de los monos, que ahora sabés que se llaman monos araña, el sol se oculta y una telaraña de cinco pisos que está al borde de la fosa pierde su brillo. La bióloga y vos comparten el espectáculo y el silencio.

Te das cuenta que aparte del sonido ensordecedor de un bosque ubicado en plena ciudad, susurra a tus espaldas el río Torres.

Un rótulo dice que el río Torres, que nace en Montes de Oca y desemboca en el Virilla, fue aprovechado en el pasado para generación hidroeléctrica y actualmente Acueductos y Alcantarillados los usa como colector a cielo abierto de aguas residuales, pluviales y aguas negras. Te preguntás quién habrá tenido un humor tan negro como para anunciar semejante cosa como si fuera un logro.

Otra telaraña guinda del rótulo y brilla, dorada, bajo el sol decembrino que volvió a asomar. Tu esquema mental de ama de casa te vence y pensás que acá nunca limpian. Entonces recordás las ratas gordas, que el cantar no era de río sino de cloaca y te sacudís la tentación de destruir la telaraña: este era el hábitat de ese insecto de largas patas que reposaba en el centro. Este no necesitaba jaula, para eso tenía su telaraña.

La bióloga rompe tu silencio. Estos monos están obesos, parecen una cuerda con un nudo. Te confiesa que son sus animales favoritos, y te cuenta que los ha visto muchas veces en la Península de Osa, pero que allá son de otro color.

-Si estos bichos provienen de capturas que se han hecho a los cazadores, negociadores y de recuperaciones a la hora de exportarlos, son un grupo totalmente desmembrado. Tienen diferentes costumbres y ¿qué tal si alguno está loco y le hace daño a los demás? Al menos el jaguar y el tolomuco son animales solitarios, pero para estos bichos sociales, creo yo que es más complejo porque se crean los grupos a la fuerza- te dice ella.

Ya estás deseando irte. Hace 20 años, las jaulas te parecían enormes, las fosas imposiblemente profundas, y el aviario alto hasta el cielo. Hoy no has visto las aves, aquí viste por primera ves un quetzal. La segunda vez, y única que has tenido la suerte de verlo en libertad, fue en el lago del Arenal. La tercera, en el Zooave.

Las aves que tienen acá son una lechuza y un águila desplumada, no se te parece para nada el rey del cielo. Una pareja de negros se acerca y empieza a hacer ruidos a las aves… Desconocés el idioma que hablan pero las aves los miran muy atentos. Ellos, al igual que las lechuzas y las águilas, son de otra latitud.

Un busto de Simón Bolívar es como un niño perdido en medio de una construcción sin terminar. Hace años, el Gobierno de Venezuela ofreció administrar el parque por cinco años e invertir en él, pero una persona en Fundazoo dijo que no debía haber ningún gobierno extranjero involucrado en esto. Pensás la ironía que es que este lugar esté bautizado en honor al Libertador.

El parque es también como un niño perdido en medio de la ciudad. Es un bosque, en el cual animales que no pertenecen a él han quedado cautivos. Pensás que es un encanto del cual se conserva lo que crece por su propia cuenta: la vegetación.

Un rótulo señalaba  el lugar donde estaba la danta. La buscás, pero ahora lo que está es el carrusel de guacamayas rojas y verdes, vueltas y vueltas de animales de plástico.

Estás en medio de la vegetación, hay muchos árboles, estás rodeada de jaulas y un olor penetrante. Gracielita, no te vayás sola, aquí estamos, te dice tu mamá. Una familia se sienta en un mantel y saca comida de una canasta de mimbre. Vos pensás que no podrías comer con este olor.

Pero sí te has quedado sola, Graciela. Hoy, la bióloga ni se ha despedido y se ha marchado. Le urgía salir de este parque perdido. Es casi medio día y aún así no ves a los niños que hace 20 años entraban saltando, haciendo caballito, de la mano de sus papás.

Aquí no hay nadie.




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