Cuando nos cuentan una historia nos la entregan, le quitamos el tinte que le dan los medios, el maquillaje, la parcialidad, el juicio que nos imponen. Cuando nos cuentan una historia, la abrazamos a nosotros, evitamos los lugares comunes, le quitamos lo que sobra, nos quedamos con lo humano. Una gran crónica que nos da un punto de vista alterno a una realidad que, hasta hoy, todos creíamos conocer.ZC.
Por: Víctor Láscarez Láscarez
-¡Don Miguel Ángel, usted está detenido!
Las palabras suenan como una bofetada en su rostro. A usted, Miguel Ángel Rodríguez Echeverría: Ex presidente de la República de Costa Rica, lo han detenido al poner el pie en la escalerilla del avión en el aeropuerto. La sorpresa no te deja pensar. No entiendes. No crees que esto pueda estar ocurriéndote a ti. Sacudes la cabeza y miras a los dos hombres de la policía judicial y a los dos fiscales que te cierran el paso.
-¡Señores, soy el Secretario General de la OEA! Ustedes no pueden detenerme. Esto no puede ser.
Pero uno de los civiles, que se identifica como fiscal, le dice en un tono que no admite réplica:
- ¡Son órdenes y vamos a proceder!
-¿Dónde está mi abogado?, preguntas todavía, titubeando. ¡Tengo derecho a que me asista mi abogado!
-¡Llámelo, si quiere!, responde uno de los fiscales con firmeza.
No puedes creerlo. Estás visiblemente alterado. Buscas en tu bolsillo tu teléfono celular. Marcas, con apremio, un número. Es el de Rafael Gairaud, tu abogado en San José. Da ocupado. Esperas un momento, insistes, pero no contesta. Tus manos tiemblan. Vuelves a marcar. Nada. Ocupado. ¿Dónde se habrá metido este hombre?, dices ya fuera de ti. Tu corazón se acelera con el pip, pip, pip del teléfono. Te quedas que no sabes. Que no atinas. La presión te comprime. Pero, todavía con firmeza, alcanzas a decir:
-No me pueden detener. Soy el Secretario General de la OEA.
Uno de los fiscales, no sabes si el de la camisa roja o el de la camisa clara, se adelanta y te dice entre dientes, con sonrisa burlona:
-Sí, ¿y qué? Y, acto seguido, sin miramientos, imperturbable, se dirige a los dos policías: Procedamos, dice. Y ahí, entonces, se vuelve hacia usted, lo mira a los ojos y, como quien pronuncia una sentencia, ordena:
-Espósenlo.
-¿Esposar? ¿Por qué? Esto no tiene sentido. Están cometiendo un error. Yo he venido aquí voluntariamente. Y todavía con fuerza, repites una vez más: Soy el Secretario General de la OEA. Tengo una cita con el Fiscal General. No pueden esposarme. No pueden... Su infaltable corbata negra, que trae puesta, se la atropella el viento.
El 7 de junio del 2004, Centroamérica se viste de fiesta: uno de sus hijos es elegido, por unanimidad, Secretario General de la Organización de Estados Americanos. Treinta y cuatro países, reunidos en el salón San Moris del Hotel Swissotel, en Quito, Ecuador, escogen al Doctor Miguel Ángel Rodríguez, Ex Presidente de la República de Costa Rica, como el primer centroamericano en 56 años de existencia de esa organización internacional, en llegar a ocupar esa posición. El pueblo costarricense celebra, con vítores en las calles, tal reconocimiento.
Ya en el cargo, realizas dos viajes por Europa, y luego viajas a Haití. Todo camina bien, pero el 30 de setiembre recibes una llamada de Ignacio Santos de canal 7. Te pide que respondas a la declaración de José Antonio Lobo quien, el día anterior, para quitarse de encima la responsabilidad del delito de recibir dádivas de empresas extranjeras, declara que él fue un simple intermediario de Miguel Ángel, quien le pidió a él, el 60% de la comisión de ALCATEL. Desconozco esa declaración, Ignacio, dijiste entonces. Pero la acusación de José Antonio Lobo, sacudió al país y, desde ese momento, comenzó la campaña contra usted por parte de canal 7 y los periódicos del Grupo La Nación. No habías dudas: te estaban condenando por anticipado.
-Le vamos a poner un chaleco antibalas antes que las esposas…
Eso lo desconcierta a usted. ¿Un chaleco antibalas a mí?, ¿para qué?, piensas. Y, acto seguido, como movido por un impulso impostergable, declaras:
-¡Ni cuando fui presidente use uno, mucho menos ahora!
-Es por su seguridad, insiste el policía. Queremos evitar un atentado.
-¿Un atentado? ¿A mí? ¿No entiendo?... Si he venido a dar la cara.
No insisten más. El asunto de ponerle el chaleco, queda en el silencio. No obstante, en ese momento piensas que solo están preparándose para ponértelo a la fuerza.
-Sus manos atrás, ordenó el oficial.
-¿Por qué me esposan con las manos hacia atrás? ¿Piensan que yo quiero ocultar mi cara? Yo no tengo ningún interés en ocultar mi cara. No tengo que ninguna vergüenza de nada. No voy a ocultar la cara.
-Sus manos atrás, ordenó nuevamente el oficial.
No te queda otra. Llevas las manos atrás y te colocan las esposas. Escuchas el sonido metálico, sientes que ala la carne de tus muñecas, al comprimirse cuando se cierran. Ya todo está claro para usted: desean humillarlo. Quieren doblegarlo, que baje su cabeza. Sí: que baje la cabeza. Eso es. No cabe duda. Y lo hacen como cuando un mal amansador, para dominar el caballo, le mete el freno y lo jala fuerte hacia abajo, para que baje la jupa, porque cree que, actuando así, lo domina.
Y a partir de entonces ya no hay más miramientos. Prácticamente, los dos fiscales del Ministerio Público lo bajan a empellones por la escalerilla, rodeado de los dos agentes del OIJ. Bajas, grada a grada, esposado, con los brazos hacia atrás. Todos lo vimos por televisión. Fue un momento duro.
Pero no tan duro para usted como la muerte de su hijo Miguel Alberto. Fue para Semana Santa, Viernes Santo de 1979. Él se fue con unos amigos a la hacienda de la familia Ruanesi, en Cañas, a cabalgar por el cerro Pelado, cayó del caballo, se precipitó sobre un montículo rocoso. Hasta el día siguiente lo encontraron. Ese Viernes Santo de 1979, perdías a tu joven retoño 15 años. El mismo que, tan solo una semana antes, había participado en el campeonato centroamericano de salto ecuestre. Ese viernes, Lorena, tu esposa, te dijo: Miguel Ángel tengo un mal presentimiento y, efectivamente, el sábado temprano partieron hacia Cañas en busca de Miguel Alberto. La noticia fue desgarradora. Era la primera Semana Santa que se despegaban de él.
Y también un viernes, a las 2:15 de la tarde, vienes a Costa Rica en el vuelo 681 de TACA. Sale desde Washington al Salvador y de ahí a nuestro país, donde lo están esperando para esposarlo. Tenía que ser un viernes, piensa. Bajas, una, dos, tres, cuatro, cinco… las veintitrés gradas de la escalerilla del avión...
Bajas las escalerillas pensando en tu hijo. Es como el escudo con que intentas salvarte de la humillación. Tu mente, en ese momento es un torrente de recuerdos. Precisas lo que te dijo tu hermano Manuel Emilio, que en paz descanse, cuando ibas bajando unas gradas, muchos años antes, con las manos entre las bolsas, y él te dijo: Miguel Ángel, nunca bajes gradas sin tener las manos libres, porque si uno se cae, no puede evitar golpearse la cara.
Ya has llegado abajo. Ves las cámaras. Son decenas de periodistas en una tarima improvisada, con más de diez cámaras de televisión enfrente... Piensas, tengo que aguantar esto. Trataré de mantener mi dignidad. Ellos pueden intentarlo, pero ni con todas las cámaras del mundo lograrán humillarme.
Yo lo estoy viendo el la pantalla del televisor y me digo: Increíble, lo traen esposado a la espalda y este hombre, en lugar de bajar la cabeza, la levanta. Eso me sorprende. Lo exhiben así con la intención de humillarlo. Los directores de Canal 7 parecen utilizarte en una clase de moralidad pública. Lo condenan sin juicio previo. Pero usted continúa bajando la escalerilla, peldaño tras peldaño, con las manos hacia atrás y la cabeza en alto. Solo falta que le griten: Crucifíquenlo, crucifíquenlo. Pero lo peor no llegado aún. Cuando desciendes el último peldaño, allí están esperándolo otros policías y un carro inconfundible. ¡No, no puede ser! ¿Lo van a meter en una perrera? ¡Increíble! Es el colmo de la humillación: al ex Presidente, al Secretario General de la OEA, lo van a meter en una “perrera”. No es posible. Corro a buscar el texto de la Convención contra la Tortura y otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes. En su artículo 1 dice así: "Cualquier acto por el cual se inflinge intencionadamente un daño severo, tanto físico como mental sobre una persona, con el propósito de obtener de él/ella o de una tercera persona información o una confesión, castigarlo por un acto que él/ella o una tercera persona ha cometido o es sospechoso de haber cometido, o intimidar o coaccionar a esa persona o a una tercera persona, o por cualquier razón basado en discriminación de cualquier tipo, cuando dicho dolor o sufrimiento sea inflingido por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya o con su consentimiento o aquiescencia".
Te quitan las esposas y dices:
-¿Por qué me esposan para bajar?, y ahora me quitan las esposas. Si me las ponen es porque represento un peligro, les puedo hacer daño, traigo un ejército, los voy a tomar, vengo a tomar a Costa Rica, vengo a invadir militarmente. ¿No es que por eso me esposaron? ¿Por qué me las quitan ahora?
Después te darás cuenta, por qué te quitaron las esposas.
Cuando bajaste en el Salvador como primera escala de vuelo 681 de TACA, te sorprendiste: ya había gente de televisión allí, buscándote. Te informaron que eran gente relacionada con canal 7 de Costa Rica, no del Salvador. Los funcionarios de TACA, como cortesía, te llevaron gentilmente a la sala de espera privada. Ahí viste un poco de prensa y noticias, te metiste en tú computadora para ver los periódicos digitales de aquí, en lo que se especulaba que si llegabas o no llegabas, qué que iba a pasar a tu llegada. Todos eran ataques contra ti.
En La Nación digital, leíste una nota. Tres puntos te llamaron la atención: el primero, literal: “Rodríguez, pone un pie en Costa Rica y se cumple de inmediato la orden de detención en su contra", decía Dallanese. Los otros, que tu orden internacional de captura entraba en vigencia al momento de perder la inmunidad de Secretario General de la OEA…Y, por último, que tu colaborador José Antonio Lobo, afirmaba, que le pediste el 60 por ciento de una comisión de 2,4 millones de dólares dada por Alcatel.
Recordé el domingo 1 de febrero de 1998, cuando concurrí a las urnas electorales vestido de verde y blanco y gritando: Corrales, se oye, siente, Corrales Presidente, como buen Liberacionista. Los primeros cortes mostraban una tendencia: Miguel Ángel Rodríguez obtenía la confianza del el 46.88 %. El pueblo te entregaba los destinos de la patria. Fue toda una fiesta: decenas de miles, centenas de miles de personas, vitorearon tu nombre.
Te sacan del Aeropuerto en una perrera. Pero de pronto se detienen: abren la puerta y te ordenan:
- Quítese la faja y la corbata…
Todos hemos visto, incluso con extrañeza, como durante muchos años has usado esa corbata negra, símbolo de un duelo permanente. Claro, uno espera enterrar a los padres, pero enterrar a un muchacho en su plena juventud, es desgarrador.
Cierran la puerta con fuerza... Un largo viaje te espera, a mucha velocidad. Dentro te mueves de un lado para otro, te agarras como puedes, los pies adelante y las manos atrás, los pies contra la pared, doblado, el espacio muy corto. Oyes gente a lo largo del camino. Te gritan insultos, te tiran piedras. Un helicóptero sobrevuela cerca de la perrera, y las motos de los tráficos, con las sirenas prendidas, recorren una larga ruta hasta el OIJ.
Te traen al González Lahman, a los sótanos de los tribunales, donde están los calabozos y ahí tienes las primeras muestras de trato humano. La gente de prisiones se portan muy decentes contigo. A manera de disculpas, te van a buscar el libro Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, que leías en el avión. Eso te permite entretenerte por un rato.
Los medios de comunicación estaban de fiesta, exacerbaban los ánimos: eras la noticia del siglo: Ex Presidente humillado, Ex presidente esposado, Ex Presidente en una perrera, Ex Presidente en el tabo, Ex Presidente fichado. Solo les falto decir: Ex Presidente a la hoguera. Prepararon al pueblo para que se apostara a la vera del camino, para gritarte, para humillarte. Fue el espectáculo más bochornoso que he visto.
Estás como tres o cuatro horas en un calabozo. Te interrumpen dos veces: huellas, fotos, póngase así, póngase asá. Un oficial te ordena: coloque primero el dedo índice aquí, sobre esta tinta. Te toma la mano y te la mueve sobre la pieza, luego la pasa a una hoja con unos cuadros, después el dedo medio, le sigue el anular y, por último, el meñique. Y de nuevo la orden: ahora la mano izquierda. Huellas de todo, de todo el show, para hacerte parecer un delincuente recién fichado. Por segunda vez te sacan del calabozo, te llevan a un lugar hacer de nuevo todo el procedimiento. Piensas con humor: De seguro no salí bien la primera vez.
Todo eso ocurre en el González Lahman, en la Fiscalía. Te pasan del OIJ a la Fiscalía. Ahí está Gairaud, tu abogado. Conversan. Luego, te muestra el expediente: Esto no es un caso, esto no es nada, te dice. Esto no tiene nada que ver, señala las contradicciones… Lobo dice que te dio esa plata, pero para esa fecha él no la ha recibido. Sigues en el intercambio con Gairaud, quien asegura que estudiará bien el caso y que darás una declaración corta en la Fiscalía.
Te sacan en caravana de nuevo, ahora a los Tribunales de Guadalupe, otra vez fotos y otra vez calabozo, pero éste como ninguno.
Gairaud te explica que tu caso corresponde a los tribunales de Goicoechea y que ahí espera, que al llegar a un Juez, te reciban, te fijen las medidas cautelares y que él considera que puedes salir rápido… Gairaud te pregunta que si tienes un lugar donde quedarte. Le dices, que sí… la casa de tú cuñada Nidia Echandi, la viuda de Manuel Emilio. Le das la dirección y el número de teléfono.
Otra vez te sacan en la perrera y otra vez con motos, desfile y toda la cosa a Guadalupe, donde te meten a la celdas, que por cierto, tienen un escusado de hueco en el piso, para hacer la necesidades a vista de todo el mundo. Solo tienes tres visitas esa noche: la mía, la de Johnny Echeverría que había sufrido con sus hijos una situación similar, y la de Carlos Antillón, un muchacho que había sido tu presentador en las campañas. Los tres somos abogados. Por eso podíamos entrar. Cada uno te llevó un rato de relación humana.
En Guadalupe te entregan algunas cosas de tu valija. Te dicen que las había mandado o las había recogido Nidia, después de que el OIJ te la quitó en el aeropuerto. Te mandan unas colchas, algunas cobijas, una almohada y algo de comer…
Seis años después, vienes de los tribunales de Goicoechea. Me habías dado cita a las 6 de la tarde, en Escazú. Llegas tarde, por cierto. Vienes del juicio pronto y cumplido al que el Estado costarricense te da derecho. Se te nota cansado. Debe ser, me digo, porque estuvo todo ese día, martes 23 de noviembre, en sala de juicios. Sólo La Nación y Canal 7 lo cubrieron. Vienes con tu traje entero, crema, camisa blanca y la infaltable corbata negra. Suena un timbre. Tienes una conferencia telefónica hoy a las siete de la noche. Te disculpas... Hablas en inglés. Terminas y te dispones hablarme de tu hijo Miguel Alberto, por quién llevas esa corbata negra.